
✍️ Guadalupe Parada
En política, las traiciones no siempre se gritan; a veces, se susurran entre aplausos.
Y en Juárez, donde cada elección se vive como una batalla por la esperanza, duele más cuando quien traiciona alguna vez caminó entre nosotros, prometiendo ser distinta.
Andrea Chávez, la joven combativa que prometía dignidad, justicia y ruptura con “los de siempre”, ha cruzado un umbral del que es difícil volver.
La vimos surgir como voz de una nueva generación. Puño en alto, ceño fruncido, verbo encendido. Se decía del pueblo, y el pueblo —cansado, herido— le creyó.
Pero hoy la vemos en otro papel.
Ya no como denunciante, sino como escolta política de Adán Augusto López, un hombre con más expedientes pendientes que logros visibles, y con un historial que no resiste un examen riguroso.
Y ahí, a su lado, sonriente, leal… y muda.
Porque no dijo nada cuando se supo que Hernán Bermúdez, exjefe de la policía tabasqueña y colaborador cercano de su ahora mentor, fue acusado de vínculos con el crimen organizado.
No levantó el puño. No frunció el ceño. No usó la voz.
¿Y saben qué es lo más inquietante?
No solo fue el silencio. Fue el gasto.
Fue la promoción, los espectaculares, las giras con bandera de “movimiento”.
Fue el uso de recursos públicos —¿o privados con intereses públicos?— para engrandecer a quien debía ser cuestionado.
Hoy, Andrea ya no encarna la rebeldía.
Es parte del libreto.
La vimos entrar al escenario por la puerta del cambio… y salir por la trastienda del poder.
Dicen que en política, la coherencia cuesta caro. Pero el silencio también tiene precio.
Y aquí, en Juárez, ya empezamos a pagar la factura.
Desde esta frontera que no olvida, muchos miran hoy a Andrea con una mezcla de nostalgia y desencanto. Porque alguna vez fue “una de nosotros”.
Y ahora parece más cercana a los que solía señalar.
Hay quienes dicen que crecer en política implica transar, callar y alinearse. Yo prefiero creer que se puede llegar lejos sin traicionar la brújula moral. Andrea eligió otro camino. El del acomodo. El del silencio. El del poder por el poder.
Y mientras tanto, Juárez sigue esperando a esa voz que prometió no fallarnos.


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