
✍️ Guadalupe Parada
La arena política chihuahuense se calienta, no con los últimos rescoldos de una contienda recién finalizada, sino con la efervescencia prematura de una sucesión que se antoja lejana, pero que ya marca el ritmo de los movimientos actuales.
El enfrentamiento entre Marco Bonilla y Cruz Pérez Cuéllar, alcaldes de Chihuahua y Ciudad Juárez respectivamente, no es una mera coincidencia en la agenda pública; es la manifestación temprana y descarada de una ambición que, si bien legítima, roza los límites de lo inoportuno y, para algunos, de lo cínico.
El «maratón interminable y adelantado» no es solo una figura retórica; es una radiografía cruda de una clase política más preocupada por el siguiente escalón en su carrera personal que por la gestión efectiva de los retos actuales.
Mientras las ciudades que gobiernan enfrentan desafíos complejos en seguridad, infraestructura y desarrollo social, la atención de sus líderes parece bifurcarse en una precampaña perpetua.
Bonilla, con sus incursiones en Juárez, y Pérez Cuéllar, con su gira proselitista por el estado, dibujan un escenario donde la prioridad se invierte y el interés particular se posiciona por encima del colectivo.
La elegante retórica de los eventos oficiales, los premios y los convenios universitarios, se desvanece al confrontarla con la evidente intencionalidad política que subyace.
No es un secreto que cada aparición pública, cada apretón de manos, cada declaración a la prensa, se mide y se calcula con miras al 2027.
La pregunta obligada es: ¿hasta qué punto esta carrera desenfrenada afecta la gobernabilidad y la eficiencia de sus administraciones?
¿Es ético destinar recursos y energía a una proyección futura cuando las demandas del presente son tan apremiantes?
La irrupción de otros actores y las pugnas internas en los partidos, como la mención de Daniela Álvarez en el PAN, solo complejizan un panorama que debería estar centrado en el servicio público.
En este ajedrez de intereses, los movimientos no son siempre estratégicos en beneficio de la ciudadanía, sino tácticos para posicionarse en la mente del electorado.
Es imperativo que, en medio de esta ebullición política, los ciudadanos exijan no solo transparencia, sino también un compromiso inquebrantable con la labor que les fue encomendada. La aspiración legítima a un cargo mayor no debe ser la excusa para desatender las responsabilidades actuales.
La política, en su esencia más pura, debería ser un ejercicio de servicio, no una escalera de ambiciones personales.
El tiempo dirá si este «maratón» prematuro se traduce en un verdadero beneficio para Chihuahua o si, por el contrario, solo deja un rastro de oportunidades perdidas en la búsqueda de un poder que, a veces, se olvida de su verdadera razón de ser.


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