
✍️ Guadalupe Parada
Como dice el dicho: el que con lobos anda, a aullar se enseña. Y en este caso, no se trata de salir en defensa de los inspectores de la Dirección de Regulación Comercial, que ahora, con gesto de víctimas, sacan los trapitos al sol como lavanderas en plena faena. No, no se trata de defenderlos, porque durante años fueron parte del mismo clan que hoy denuncian. Un grupo que, con el pretexto de “regular”, convirtió la supervisión comercial en una maquinaria de extorsión con placa y sello oficial.
Esos mismos inspectores que ahora claman injusticia fueron, durante mucho tiempo, los verdugos de cientos de comerciantes juarenses.
Acudían cada día a los negocios con la mano extendida, no para fiscalizar el cumplimiento de normas, sino para cobrar su “cuota”. Perdón… su contribución económica, como ellos mismos la llamaban. Dinero que jamás ingresó por las vías legales a la Tesorería Municipal, sino que se diluía en los bolsillos de unos cuantos.
¿Y ahora se dicen ofendidos? ¿Ahora resultan los buenos del cuento? Cuesta creerles. Porque cuando el poder estaba de su lado, bajo el amparo de una placa municipal, intimidaban, decomisaban mercancías, y ejercían su autoridad con prepotencia.
El comerciante que se negaba a “cooperar” era víctima de clausuras arbitrarias y sanciones inventadas.
Hoy, los mismos personajes que hicieron de la corrupción su modo de vida, se visten con piel de oveja y se presentan como mártires del sistema.
Si hubo despidos, que se investigue.
Que se garantice el debido proceso y se respeten los derechos laborales. Pero también que se aclare el fondo del asunto: ¿por qué hasta ahora salen a hablar de dinero mal manejado? ¿Por qué no lo denunciaron cuando eran parte del engranaje que mantenía viva esa red de abuso? No basta con señalar hacia arriba cuando el lodazal también está a los pies.
El alcalde Cruz Pérez Cuéllar ha respaldado la reestructuración dentro de la dependencia, afirmando que los titulares tienen la facultad de hacer los movimientos necesarios para mejorar su desempeño. Bien.
Pero el respaldo político no puede quedarse en el discurso: urge una limpia real, no cosmética.
Una investigación a fondo sobre cómo operó esa oficina durante años, y a quién beneficiaban esas cuotas “informales” que nunca se registraron oficialmente.
Porque si de verdad se busca “optimizar el funcionamiento” de Regulación Comercial, hay que hacerlo empezando por el principio: la corrupción no se combate sólo cambiando nombres en una lista de nómina, sino desmantelando las prácticas que corrompieron la función pública y dañaron la confianza ciudadana.
Hoy los inspectores destituidos gritan persecución, pero la ciudadanía grita hartazgo. Hartazgo de extorsiones, de doble moral, de simulaciones.
Y si este Ayuntamiento quiere diferenciarse de los anteriores, debe demostrar con hechos —no con declaraciones— que no habrá impunidad para nadie, ni para los que mandan ni para los que ejecutan.
Porque al final, el que con lobos anda… ya sabemos en qué termina.


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