✍️ Guadalupe Parada

En Ciudad Juárez la realidad se impone con crudeza.
Calles intransitables, colonias sin drenaje, escuelas saturadas y un viaducto que más que infraestructura parece un testimonio del abandono institucional.
El llamado “Viaducto Gustavo Díaz Ordaz”, que ahora pasará a llamarse “Mártires del 68, 2 de octubre no se olvida”, se encuentra en condiciones deplorables: baches, escurrimientos de aguas negras, grafiti en cada pared, banquetas rotas y un entorno urbano que representa un riesgo para las familias que lo transitan.
En vez de atender estas problemáticas, los regidores del Cabildo concentran su tiempo y energía en lo simbólico; un cambio de nombre.
¿De qué sirve renombrar una vialidad si la vida cotidiana de quienes viven alrededor sigue siendo una batalla diaria contra la descomposición urbana?
Puras realidades ignoradas. Mientras en el discurso oficial se honra a los estudiantes caídos en Tlatelolco —hecho que sin duda marcó la historia del país—, en Juárez se ignoran a nuestros propios estudiantes.
Hoy, según datos de la Secretaría de Educación y Deporte, más de 18 mil alumnos en Ciudad Juárez carecen de un espacio educativo digno; varios planteles operan en condiciones precarias, con aulas móviles o sin infraestructura básica.
En el suroriente, por ejemplo, madres de familia deben recorrer hasta cinco kilómetros para encontrar una escuela que acepte a sus hijos.
Y aunque esta ciudad aporta más del 40% del PIB estatal por su industria maquiladora, las aulas siguen cayéndose a pedazos.
¿Dónde está la memoria viva para los estudiantes juarenses que hoy sufren abandono?
El viaducto es como espejo del descuido.
Inaugurado en 1970, nunca ha sido objeto de una rehabilitación integral. Según el Plan Municipal de Desarrollo Urbano 2023-2040, Juárez enfrenta un déficit en mantenimiento de infraestructura vial que supera los 3 mil millones de pesos.
Cada temporada de lluvias convierte al viaducto en un foco de inundaciones y accidentes, y la falta de alumbrado lo vuelve inseguro para peatones y automovilistas.
Pero no, los regidores prefieren pelear por una placa conmemorativa y organizar ceremonias con invitados de la Ciudad de México.
Simbolismos vs. soluciones
Que Juárez se sume a la memoria del 68 puede sonar justo y solidario.
Sin embargo, en el fondo es otra muestra del divorcio entre la clase política y la realidad local. Lo que hoy lacera más no es el recuerdo de Tlatelolco, sino el presente de miles de familias que viven alrededor de un viaducto convertido en basurero y refugio de la inseguridad.
Los regidores actúan como si el cambio de nombre fuera una solución mágica para sanar heridas históricas, cuando lo que urge es resolver heridas actuales.
Escuelas sin espacios suficientes.
Comunidades sin acceso a transporte público seguro.
Familias que deben convivir con escombro, contaminación y violencia en su entorno inmediato.
La exigencia no es que olvidemos la historia. Es que los gobiernos aprendan de ella.
El autoritarismo del pasado se parece demasiado a la indiferencia del presente; decisiones tomadas desde arriba, sin consultar a los juarenses, y sin atacar lo que realmente duele.
Cambiar el nombre al viaducto no lo volverá transitable, ni seguro, ni digno.
No dará aulas a los niños que hoy estudian en salones improvisados, ni drenaje a las colonias olvidadas.
Juárez no necesita más ceremonias; necesita soluciones.
Y esa debería ser la única placa que los regidores cuelguen en su conciencia.


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