
✍️ Guadalupe Parada
Por más que se revuelquen en su discurso de pureza, por más que vendan la idea de ser una “nueva forma de gobernar”, al final, la lógica de poder es la misma.
Andrea Chávez, la autodenominada adalid de la transformación fronteriza, vuelve a mostrar el cobre político: se “roba” a dos panistas, uno de ellos vinculado nada menos que al exgobernador Javier Corral.
¡Sí, a ese Corral que ellos mismos lapidaron en la plaza pública por traidor, por entreguista, por haber pactado con el centralismo que juró combatir! Pero hoy, todo eso se olvida, se perdona, se maquilla… si con eso se suma músculo a la maquinaria morenista.
¿Dónde quedaron los principios? ¿Y la coherencia ideológica? ¿Qué pasó con aquella narrativa de que el PAN era un nido de saqueadores? ¿No que todo lo azul olía a moho institucional?
Más que incongruencia, esto es un patrón.
No es un desliz. Es la evidencia de un método: en Morena no hay filtros, no hay vergüenza, no hay ideología. Solo hambre de poder. Y lo peor: lo aplauden.
Porque aquí se activan dos motores esenciales del morenismo extremo:
Uno, para las cúpulas: se trata de ampliar el espectro de la impunidad. Se les da cobijo, curul, contrato o candidatura a quienes podrían representar un peligro judicial, mediático o electoral.
Con ellos dentro, se garantiza el silencio. Se apaga la crítica. Se borra la historia.
Y dos, para la fanaticada: es una victoria simbólica. Neutralizan una amenaza externa al convertirla en interna, aunque eso implique tragarse sus propios discursos de odio. “Ya es de los nuestros”, dicen. Y con eso basta. Aunque haya sido parte del desastre que juraron transformar.
Andrea lo sabe. No es ingenua. Es joven, sí, pero cínica. Y con una habilidad quirúrgica para estirar los límites de la narrativa hasta romperla sin que se note.
Se viste de izquierda, pero juega como vieja derecha.
Usa el lenguaje feminista, pero opera con la lógica más patriarcal del poder: sumar y aplastar.
Lo que hoy sucede no es una anécdota aislada. Es la confirmación de que Morena, al menos en su versión chihuahuense y juarense, es ya un movimiento de reciclaje: de panistas vencidos, de priistas desahuciados, de expriistas arrepentidos, de oportunistas empoderados. Todos bajo el manto de la “transformación”.
Y mientras los verdaderos militantes, los que creyeron en una regeneración real, se quedan fuera, rumiando el desencanto, los conversos ocupan sus sillas y les escupen en la cara con fuero, con cargo y con fuentecita de contratos.
El mensaje es claro: no importa lo que fuiste, sino qué tanto sirves ahora. Y si alguna vez robaste, traicionaste o pactaste con el viejo régimen… mejor. Eso te hace valioso, porque ahora ya sabes cómo se juega.
¿Y Andrea? Andrea sonríe. Porque para ella, el poder no se gana con coherencia ni con principios. Se gana con sumas. Con traiciones. Con cinismo.
Otra más, y las que faltan. Porque en este juego, la transformación se convirtió en transacción. Y los conversos son oro puro… para los que ya no tienen nada que ofrecer, salvo el hambre de seguir mandando.


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