
El Meollo del Asunto.
Por Daniel Valles.
La historia vuelve a repetirse. Cuando uno cree que ya lo ha visto todo en la diplomacia comercial entre México y Estados Unidos, llega Donald Trump, firma una orden ejecutiva y le prende fuego al acero. Literal. A partir de hoy, todas las importaciones de acero y aluminio que lleguen a EE.UU. —salvo las británicas— pagarán un arancel del 50%. Así, sin más.
El argumento es el de siempre: seguridad nacional. ¡Por favor! Si hay un país con el que Estados Unidos ha cooperado ampliamente en materia de seguridad, es México. Pero Trump no busca seguridad, busca votos. Es su prerrogativa. Y nada como inflar el pecho con discursos de “defensa de la industria nacional” para reavivar su base electoral.
La medida se apoya en la vetusta Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, una reliquia de la Guerra Fría que le permite al presidente actuar como si el acero mexicano fuera más peligroso que los cárteles. Así de ridículo. Lo cierto es que México ni siquiera exporta más de lo que importa en ese rubro. Pero eso no importa cuando lo que se impone no es la razón, sino el cálculo electoral.
¿Qué hace mientras tanto la presidente Claudia Sheinbaum? Condena la medida —eso sí— con firmeza mesurada. La califica de injusta, sin sustento legal y contraria al espíritu del T-MEC. Tiene razón. Pero también tiene un problema: no puede caer en la trampa del «ojo por ojo». México no está para guerras comerciales. Apenas estamos saliendo de otras.
Mientras tanto, los empresarios tiemblan. Mary Beth Vitale, voz de más de 8,500 consejos directivos globales, lo dice claro: esto traerá fusiones, recortes, endeudamiento y despidos. Y eso, estimado lector, no es un pronóstico, es un diagnóstico.
El golpe no se queda en el acero. Se extiende a la cadena de suministro, a los precios al consumidor, al ánimo de inversión. Y si no se contiene, lo veremos en los próximos meses reflejado en la inflación y la tasa de desempleo.
Trump, otra vez, encendió el horno. Y lo hizo con los insumos equivocados. En su prisa por verse fuerte, podría terminar fundiendo más que acero: podría quebrar relaciones, industrias y empleos. Y lo peor, es que parece no importarle. Así El Meollo del Asunto.


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